Andreas Bender Pinot Noir 2024: el Spätburgunder que entra jugando
Frambuesa y mora frescas, un floral que lo levanta y un tanino de seda. El Pinot Noir del Pfalz de Andreas Bender, a un precio que casi da vergüenza.
Hace unos meses estuve en una cata con Álvaro Ribalta y salí con tres botellas bajo el brazo. Inevitable.
Una de ellas era esta: Andreas Bender Pinot Noir 2024, del oeste de Alemania. Llega de la mano de Massal Selection, la importadora que montó el propio Ribalta (que además es Master of Wine), y que por fin se está distribuyendo en Canarias. Llevaba tiempo esperando que pasara.

Alemania es el tercer productor de Pinot Noir del mundo
Sí, Alemania. Por detrás de Francia y de Estados Unidos, y por delante de cualquier otro país que se te venga a la cabeza. En 2023 había allí 11.519 hectáreas plantadas de Pinot Noir, alrededor del 11% de todo su viñedo. Lo que pasa es que ellos la llaman Spätburgunder, “la borgoña tardía”, y con ese nombre no hay quien la venda fuera de casa.
Esta botella sale del Pfalz, la segunda región vinícola del país con unas 23.500 hectáreas, de las cuales cerca de 1.760 son de Pinot. Es zona cálida y seca, resguardada del Atlántico por los montes Haardt, y ahí la tinta madura sin sufrir. La parcela de la que viene mira al sur, en plena ladera de esos montes.
Detrás está Andreas Bender, nacido en Leiwen en 1980, en pleno Mosela, hijo de un viverista de vides. Hizo su primer vino a los 13 años en el sótano de casa (con esa edad yo hacía otras cosas), estudió en Geisenheim, que es la universidad del vino en Alemania, y tras pasar por bodegas de Francia, Italia y Estados Unidos montó lo suyo en 2008. Sigue haciendo Riesling en el Mosela, pero para la tinta se baja al Pfalz, donde el sol acompaña.
Y la receta no hace ruido: fermentación con levaduras indígenas en barricas ya usadas y después crianza en roble francés y americano. Nada de madera nueva a mansalva. Por eso las especias y el chocolate que asoman en boca llegan tarde y de puntillas, en vez de plantarse delante de la fruta como pasa en tantos tintos con más presupuesto de barrica que ideas.
La cata: frambuesa fresca y un tanino de seda
En nariz es frambuesa y mora, pero frescas y ácidas, recién cogidas, nada de mermelada. Por encima hay un punto floral delicado que lo levanta y le da una finura bárbara. Limpio, directo, nada pesado, sin una sola nota que sobre.
En boca es envolvente y a la vez ligero y fluido, que es una combinación que no se ve todos los días. Las especias van apareciendo poco a poco, sin prisa, y detrás asoma un toque de chocolate que ni llega a instalarse: saca la cabeza, ve que hay gente y se vuelve a meter. La acidez es juguetona (no de las que te cortan, de las que te dan un codazo) y el tanino es muy, muy fino. De seda.
Si lo tuyo son los tintos que no pesan, este juega en la misma liga que el listán negro canario: color pálido, fruta fresca y ganas de que le sirvas otra copa.
¿Con qué beberlo?
Con pescado, y ahí está la gracia. Es un tinto lo bastante ligero como para sentarse al lado de un atún a la plancha o un pescado azul a la brasa sin taparlo, y lo bastante sabroso como para aguantar unas setas, un pollo asado o un plato de jamón. Con queso, mejor los semicurados que los muy bestias.
Y sírvelo fresquito, sobre 14 ºC. A temperatura de casa en verano se le va la gracia y pierde justo eso que lo hace bailar. Es el mismo consejo que doy con el DePaula y con La Pebrella: los tintos ligeros mejoran cuando les bajas dos grados.
Salí de esa cata con tres botellas bajo el brazo. De eso hace cuatro meses y ya van siete: tenderetes, barbacoas, catas y alguna para descorcharla tranquilo en casa.
Calidad precio insuperable.