DePaula 2023: la Monastrell de Bodegas Ponce que se bebe sola
Una Monastrell de la Manchuela brillante, floral y con su puntito de pimienta. El tinto fácil de Juan Antonio Ponce, de viñas viejas y racimo entero.
El otro día nos descorchamos un DePaula 2023, la Monastrell de Bodegas Ponce (@bodegasponce). Un vino que no tenía fichado y que me dejó con esa cara de bobo de cuando algo te sorprende sin avisar.
Porque de la Monastrell uno espera otra cosa. Uno espera músculo, sol y taninos de secano, tinto de esos que te dejan la boca seca y el cuerpo pesado. Y este va y hace lo contrario: entra brillante, floral, ligero. No pide permiso, se bebe solo.

Ponce, el hombre que puso la Manchuela en el mapa
Detrás de esta botella está Juan Antonio Ponce, que montó su bodega en 2005 con 23 años después de desfogarse como mano derecha de Telmo Rodríguez y de pasar por Francia a aprender biodinámica. Volvió a su Manchuela natal (esa meseta entre Cuenca y Albacete que durante décadas fue sinónimo de granel) con la idea fija de hacer vino de sitio con las uvas de siempre. La Bobal es su gran caballo de batalla, pero por el camino ha ido rescatando otras, y ahí entra la Monastrell.
El DePaula es su Monastrell fácil, y “fácil” no quiere decir simple. Sale de viñas viejas, cepas de más de medio siglo repartidas en parcelas de suelo arcillo-calcáreo. Se fermenta con racimo entero y levadura autóctona, azufre al mínimo, y pasa apenas unos meses en barricas grandes y usadas antes de embotellarse sin filtrar. Todo va en la misma dirección: no tapar la fruta, dejar que la uva hable en fresco. Ese punto floral y jugoso que notas en la copa sale justo de ahí, del racimo entero y de no cargar el vino de madera.
La cata: floral donde esperabas músculo
En nariz es cereza y arándano, fruta roja y negra recién cogida, con un fondo floral que la levanta y ese toquecito de pimienta negra que le da la Monastrell cuando la dejan tranquila. Brillante, es la palabra: huele a fruta viva, no a mermelada.
En boca cumple lo que promete la nariz. Intenso pero ágil, con una fruta jugosa que llena sin pesar y la pimienta asomando por detrás. Nada de taninos que te lijen la lengua: es de trago fácil, de los que se acaban antes de que te des cuenta de que ya vas por la tercera copa. Rico y bebible, sin la solemnidad que a veces se le cuelga a los tintos.
¿Con qué beberlo?
Con casi cualquier cosa, y mejor fresquito. Es un tinto de diario, agradecido, de esos que no te obligan a montar un banquete para justificarlos. Le va un arroz, un embutido, unas verduras a la brasa, una pizza de las buenas. Con quesos semicurados cumple de sobra, y si lo sirven un pelín por debajo de temperatura ambiente lo agradece. No es un vino de guardar y filosofar: es un vino de abrir y disfrutar. Si le cogen el gusto a esta liga de tintos que no pesan, el Andreas Bender Pinot Noir juega en la misma, y La Pebrella de Celler del Roure es lo que pasa cuando esa liga sube un peldaño.
Lo abrí con curiosidad. Lo terminé con ganas de otra botella.
Rico, fácil y sin ceremonias. De los que desaparecen de la copa sin que te enteres.