La Pebrella 2023 de Celler del Roure: 96 puntos Parker y ni un gramo de peso
Arcos y forcallà de Moixent criadas en tinaja de barro. El tinto más ligero y bebible que he probado en mucho tiempo, y con 96 puntos Parker detrás.
A este vino le tenía muchas ganas. Lo había visto en todos lados (en tiendas, en cartas, en el móvil de medio mundo del vino) y yo sin abrirlo nunca. Así que cuando por fin se me puso a tiro un La Pebrella 2023 de Celler del Roure (@cellerdelroure), lo pedí sin pensarlo dos veces.
Iba con doble motivo. Soy fan del Vermell de esta casa, y quería comprobar qué significaban esos 96 puntos Parker en un vino suyo. Se lo adelanto ya: no defraudó.

Arcos y forcallà: las uvas que sobraban por dar poco color
Empecemos por lo raro. La Pebrella no es tempranillo ni monastrell ni nada que le suene a nadie: es mitad arcos y mitad forcallà, dos tintas autóctonas de las Terres dels Alforins, esa meseta interior de Valencia a 600 metros que por aquí llaman la Toscana valenciana. La arcos viene de una parcela de arena; la forcallà, de cepas viejas en vaso plantadas donde hay más arcilla. Las dos, sobre caliza.
Y las dos estuvieron a punto de desaparecer. En pleno siglo XX, cuando la zona vivía del granel y te pagaban por grado y por color, unas uvas que dan poco de lo uno, poco de lo otro y encima maduran tarde eran directamente un error de cálculo. Se arrancaron a mansalva. Que hoy sean lo más valioso que tiene la comarca es una de esas ironías que da gusto contar.
El nombre también viene de la tierra: la pebrella es un tomillo silvestre endémico de estas comarcas, de aroma bestial, de los que se usan aquí para las papas y las carnes. Y lo de Ferrero i Senís, que es la colección donde vive este vino, es un homenaje de la casa a dos de sus pilares, el hombre del viñedo y el enólogo. Poner los apellidos de tu equipo en la gama alta dice bastante de una bodega.
Tinajas del siglo XVII y un lagar de piedra
Detrás está Pablo Calatayud, que montó Celler del Roure con su padre a finales de los noventa viniendo de una familia del mueble, no del vino. Empezó como empezaban todos entonces (uvas internacionales, barrica nueva) hasta que decidió que aquello ni era suyo ni era de allí.
En 2006 la familia compró una finca vecina y se encontraron dentro un celler soterrani: tres galerías subterráneas con unas noventa y seis tinajas de barro enterradas, levantadas entre los siglos XVII y XIX. No lo convirtieron en museo. Lo pusieron a trabajar.
Este vino sale justo de ahí. Las dos uvas se fermentan por separado en los cups, los viejos lagares de piedra, con la mitad del racimo entero y levaduras autóctonas, catorce días de maceración, y luego pasan once meses criándose bajo tierra en tinaja de barro y en damajuana de vidrio. Ni una astilla de madera nueva en todo el proceso. Por eso la fruta llega tan limpia a la copa: no hay nada delante tapándola. Se embotellaron 4.300 unidades, se queda en 12,5 grados de alcohol, y Luis Gutiérrez le puso esos 96 puntos en The Wine Advocate hablando de finura y elegancia. Por una vez, la puntuación y la sensación coinciden.
La cata: ligero no quiere decir aguado
Es de los vinos más ligeros y bebibles que he probado en mucho tiempo, y aquí viene lo importante: sin perder ni un ápice de sabor ni de aroma. Ese equilibrio es finísimo y no se ve todos los días. Uno se sorprende sonriendo mientras bebe, que es la mejor nota de cata que puedo dar.
En nariz y en boca manda la fruta: arándano y mora, fruta negra recién cogida, nada de mermelada. Detrás va una acidez suave (de las que empujan, no de las que muerden) y un toque especiado que asoma y se aparta. Tánico lo es, un poco, pero con un recorrido corto que en vez de restar suma: te limpia la boca y te deja pidiendo el siguiente sorbo. En la copa el color es pálido, casi de tinto de invierno del norte, y en el sur de Valencia eso todavía impresiona más.
¿Con qué beberlo?
Con comida de todos los días, y fresquito, sobre 14 ºC. Es un tinto que no tapa nada, así que le va bien lo que a un tinto normal se le atragantaría: unas verduras a la brasa, un arroz, pescado azul, incluso una ensalada seria. Y como no pesa, aguanta la mesa entera sin cansar. Con quesos tira mejor a los semicurados que a las bestias pardas. Si les gusta esta liga de tintos que no aplastan, el DePaula de Ponce y el Pinot Noir de Andreas Bender juegan en ella, aunque este sube un peldaño (y también de precio).
Tardé demasiado en abrirlo. No pienso tardar tanto la próxima vez.
Un vinazo. La ligereza no está reñida con la complejidad.